lavori in...corto

Perchè filmare una storia quando si può scriverla? Perchè scriverla, se la si filmerà?

martedì, febbraio 27, 2007

quiero ser nina


Me hubiera gustado vivir en una ciudad en la que las calles fueran de cristal. Sé que resultarìa un poco complicado, pues las gotas de la lluvia favorecen resbalones cuando se camina sobre las aceras.

Esta noche se ha cumplido mi deseo y he vivido en una de esas ciudades. Las casas eran también de cristal, y mientras la luna presidìa el cielo iluminàndolo todo, unos ninos pegaban sus narices en las paredes de sus casas.

Alguien me dio unos golpes a la espalda, Me giré para ver quién era y descubrì al Principito. Sin que me dejara preguntarle nada me dijo:

-Una vez me encontré con un guardavìa que me explicò que los ninos aplastaban su nariz contra los vidrios de los vagones de ferrocarril. Yo le comenté que sòlo los ninos saben lo que quieren y lo que buscan.

De repente me apareciò un senor con una visera roja y azul, y un banderìn envuelto y aparentemente destenido. Mirando la ciudad de cristal dijo, con tono solemne:

- i què suerte tienen !

Los tres seguimos mirando la ciudad mientras sonàbamos con ser una vez màs ninos a los que nos gustarìa pegar la nariz en cualquier cristal.

mercoledì, febbraio 21, 2007

A dos metros del suelo


"Me iporta un pito que las mujeres tenga los senos como magnolias o como pasas de higo ... un cutiz de durazno o de papel de lija ... le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida ... soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en un concurso de zanahorias ... pero eso sí, y en esto soy irreductible, no les perdono bajo nigún pretexto que no sepan volar ... si no saben volar pierden el tiempo conmigo" Espantapájoros, Olivero Girondo

domenica, febbraio 04, 2007

ACEFALIA


A un señor le cortaron la cabeza, pero como después estalló una huelga y no pudieron enterrarlo, este señor tuvo que seguir viviendo sin cabeza y arreglárselas bien o mal.
En seguida notó que cuatro de los cinco sentidos se le habían ido con la cabeza. Dotado solamente de tacto, pero lleno de buena voluntad, el señor se sentó en un banco de la plaza Lavalle y tocaba las hojas de los árboles una por una, tratando de distinguirlas y nombrarlas. Así, al cabo de varios días pudo tener la certeza de que había juntado sobre sus rodillas una hoja de eucalipto, una de plátano, una de magnolia foscata y una piedrita verde.
Cuando el señor advirtió que esto último era una piedra verde, pasó un par de días muy perplejo. Piedra era correcto y posible, pero no verde. Para probar imaginó que la piedra era roja, y en el mismo momento sintió como una profunda repulsión, un rechazo de esa mentira flagrante, de una piedra roja absolutamente falsa, ya que la piedra era por completo verde y en forma de disco, muy dulce al tacto.
Cuando se dio cuenta de que además la piedra era dulce, el señor pasó cierto tiempo atacado de gran sorpresa. Después optó por la alegría, lo que siempre es preferible, pues se veía que, a semejanza de ciertos insectos que regeneran sus partes cortadas, era capaz de sentir diversamente. Estimulado por el hecho abandonó el banco de la plaza y bajó por la calle Libertad hasta la Avenida de Mayo, donde como es sabido proliferan las frituras originadas en los restaurantes españoles. Enterado de este detalle que le restituía un nuevo sentido, el señor se encaminó vagamente hacia el este o hacia el oeste, pues de eso no estaba seguro, y anduvo infatigable, esperando de un momento a otro oír alguna cosa, ya que el oído era lo único que le faltaba. En efecto, veía un cielo pálido como de amanecer, tocaba sus propias manos con dedos húmedos y uñas que se hincaban en la piel, olía como a sudor y en la boca tenía gusto a metal y a coñac. Sólo le faltaba oír, y justamente entonces oyó, y fue como un recuerdo, porque lo que oía era otra vez las palabras del capellán de la cárcel, palabras de consuelo y esperanza muy hermosas en sí, lástima que con cierto aire de usadas, de dichas muchas veces, de gastadas a fuerza de sonar y sonar.

(J. Cortazar)